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Pocas voces han logrado en el panorama actual una expresión tanradical de la deconstrucción poética como lo ha hecho Rodrigo García Marina. Estamos ante su obra más depurada y limpia hasta el momento. Quizá ûpor elloû la más sucia y filosóficamente cruel. Desear la casaes una profunda crítica a la ontología de la tradiciónheteropatriarcal y judeocristiana. A todos los valores que hansostenido la farsa de una democracia capitalista basada en su falaz«estado del bienestar». Rodrigo García Marina repliega el plano decada página como un virtuoso de la papiroflexia semiótica para hacerde cada concepto una cosa nueva, con un significado nuevo, desplomando el peso de la semántica y del propio lenguaje. Con cada poema vaperfilando un desconcertante sentido de desamparo, orfandad yextranjería donde el deseo se convierte en una categoría de sentido. Este deseo no es ni una pulsión consumista ni una «nostalgia deabsoluto» en los términos de George Steiner. Es una escritura. Todoempieza con un asesinato: «Yo lo asesiné. En carne viva hice quemar el yeso. Escupí en su boca todos los insultos. Era un hijo de la granputa. Un animal desquiciado. Era la sangre de mi sangre. Mi maridodeshecho. Mi madre recién parida con su tripa de cerda degollada. Suherida olía a naranjo...». Rodrigo García Marina viene a decirnos conla lírica de un nuevo Zaratustra: «¡El yo ha muerto!». Cuál será ahora nuestra casa