Matones
ISBN: 9788491721628
La casa de los Amadoz es la última en el camino al matadero. Y ahíestán ya aporreando la puerta de entrada mientras gritan fanfarrones, con la valentía que les dan las armas: «¡Miguel Amadoz! ¡¡¡Quebaje!!!». Todos los miembros de la familia se despiertan sobresaltados y caen en una pesadilla tan real como la muerte misma. Contienen elaliento y aterrorizados los hijos e hijas escuchan decir a la madre:«No vayas? que te van a matar». Es un grito angustioso, desesperado, terminal. «Me matarán ? escuchan decir al padre?, pero a vosotros osdejaran vivir.» Pronto, únicamente se perciben en la casa los lloros y lamentos de la madre? sola. El padre ha bajado ya, pero no haacertado en su último vaticinio. «¡Que baje Vicente!», vociferan losmatones. A él también lo han sentenciado. Vicente comparte cama con Salvador, mi padre. El hermano mayor esta hecho un manojo de nervios. Busca la ropa para vestirse. Tiembla como una hoja y se pelea con lospantalones y la camisa. Se resisten los botones a entrar en losojales. Un torbellino espontáneo e inesperado nubla sus ojos. Sus 22años se resisten a entregarse al afilado umbral de la muerte. Abajo, los matones están inquietos. Le reclaman una y otra vez. Piensan quese está retrasando demasiado. Suben en tropel a buscarlo. Mi padre veasomar por la puerta las boinas rojas de los asesinos y con ladeterminación y el arrojo de sus escasos 13 años intenta defender a su hermano. Se agarra a él para que no se lo lleven, grita y pataleainútilmente ante aquella canalla despiadada hasta que los fusiles leapuntan al pecho acorralándolo contra la cama. «Quieto chaval si noquieres que te matemos a ti también» les escucha decir a quemarropa. A empujones se llevan a Vicente. Nunca más volverá a verlo. Bajan laescalera a trompicones. Lo atan con cuerdas de segadora como a losdemás. Todos los hermanos y hermanas, niños adolescentes, subencorriendo al granero. Por las rendijas de la falsa llegan a tiempo dever como arranca el camión para tomar la dirección del cercano puentesobre el río. La desolación más desnuda imaginable y una desesperadaangustia se apodera de los corazones. Nada ni nadie pudo ni podránunca consolar una orfandad semejante. Hasta el perro fiel de lafamilia supo de la desgracia. No dejó de llorar en toda la noche conaullidos lastimeros.